El otro

13.04.2018

Lo prometido es deuda. Aquí tenéis el relato completo:

 

El otro, Amelia De Dios Romero, marzo 2016

 

 

Eran las tres y media de la madrugada. Estaba rendido y tenía ganas de meterse en la cama. Mañana abandonaría aquella ciudad. Sabía que había llegado el momento aunque no quisiera. No tenía mucho que recoger, así que podría salir temprano. Todavía no había decidido exactamente dónde iría, pero tenía ganas de instalarse en un puerto de mar. Seguro que no le costaría encontrar trabajo…

 

Absorto en sus pensamientos optó por el mismo atajo que cogía a menudo. Debía llevar unos cien metros cuando el eco ligeramente desfasado de sus pasos le sacó de su ensimismamiento. Agudizó el oído e hizo una pausa casi imperceptible. No estaba solo.

 

Un miedo familiar que creía olvidado le erizó la nuca. A estas horas de la madrugada nadie en su sano juicio atravesaba aquel descampado junto a las vías del tren. Contuvo el deseo de mirar a todos lados para identificar el origen de aquellos otros pasos.

 

Trató de tranquilizarse diciéndose que no había por qué sacar las cosas de quicio. Seguro que se trataba de alguien paseando a su perro o haciendo footing. Mientras seguía caminando al mismo paso, agudizó de nuevo el oído tratando de detectar sonidos que apoyasen sus hipótesis. No se oía a ningún perro y el ritmo del otro caminante nocturno era casi idéntico al suyo.

 

—No cedas al miedo. —Cuatro palabras empezaron a repetirse en bucle en su cabeza.

 

La lógica le obligaba a seguir planteándose explicaciones plausibles. Debía tratarse de una coincidencia. Como él, alguien había decidido acortar distancias, optar por la línea recta en lugar de rodear aquel vasto terreno que la crisis económica había dejado baldío. Al fin y al cabo, él lo hacía cada vez que le tocaba cerrar La Cueva, el antro donde trabajaba.

 

La oscuridad de la noche empezó a hacérsele viscosa y opresiva. Tenía dificultades para respirar normalmente. Sintió que las palmas de las manos empezaban a sudarle. Para dominarse fijó la mirada en el halo de luz que, a pocos metros, le permitiría salir de la sombra.

 

Siguió caminando sin alterar el ritmo: no quería llamar la atención. No quería pasar por un loco asustadizo. Sabía demasiado bien lo que le ocurría a los que mostraban su miedo. Se les metía la cabeza en el váter; o se les bajaban los pantalones en medio del recreo; o se les obligaba a ponerse una camisa manchada con mierda de perro…

 

—No cedas al miedo, no cedas al miedo…

 

Aquella extraña letanía no pudo cambiar el rumbo de sus pensamientos. Durante años había conseguido mantener a raya sus recuerdos, almacenarlos en un compartimento inaccesible de su mente. Sin embargo, esta fatídica noche, las imágenes del pasado volvían a acechar su consciencia. Los abusos que había sufrido en el colegio y lo que le ocurría cada vez que volvía a casa mojado, sucio o con la ropa rasgada: los golpes, los insultos y crueles castigos a los que le sometía el alcohólico de su padre….

 

—¡Basta de estupideces! —gritó para sus adentros.

 

No podía perder el control de aquella manera. Era ridículo permitir que una simple coincidencia despertase sus pánicos. El colegio estaba muy lejos. Nadie había vuelto a ponerle la mano encima desde que su padre, borracho como una cuba, se desnucó al caer por las escaleras.

 

Vació su mente y siguió avanzando como si nada. Pero el sonido de aquellos otros pasos retumbaba en su cabeza, dando libre curso a una paranoia absurda e incontrolable.

 

¡Por el amor de Dios! ¿Qué le estaba ocurriendo? Ya no era el colegial delgaducho y enclenque que fue. Era un hombre hecho y derecho de un metro ochenta siete de estatura. Un hombre acostumbrado a lidiar con la fauna nocturna. ¿De qué demonios tenía miedo?

 

La luz de la farola sobre su cabeza pareció infundirle determinación. Se convenció de que, si miraba de frente al otro caminante nocturno, se tranquilizaría. Por un instante contempló la posibilidad de detenerse y plantarle cara sin disimulo. Pero una vez más se dijo que eso le haría parecer un loco cobarde.

 

Sería mejor mirarle sin que se diese cuenta. Volvió a adentrarse en la oscuridad sabiendo que esta cubriría sus gestos. Cuando consideró que el otro estaría pasando bajo la farola, lo miró a la cara.

 

Se le cortó la respiración al reconocer al individuo que desde hacía varias semanas frecuentaba La Cueva. Era un niñato engreído que solía sentarse en una de las mesas centrales y tontear con las camareras. Recordó que, en más de una ocasión, le había pillado observándole detrás de la barra, pero no le había hecho caso.

 

No podía tratarse de una pura coincidencia. No tenía sentido que estuviese atravesando aquel descampado al mismo tiempo que él. Pero entonces, ¿por qué le seguía?

 

Volvió a mirarlo, esta vez con menos disimulo. Lo que leyó en su rostro le heló la sangre: una expresión casi animal que ya había visto antes… Pero ¿dónde?... Quizás en la cara de sus agresores en el colegio...

 

 

No pudo seguir fingiendo. El terror hizo desaparecer cualquier intento de compostura. Empezó a caminar a toda prisa, sin importarle ponerse en evidencia. El niñato también aceleró su paso.

 

El estruendoso latido de su corazón en las sienes no le dejaba concentrarse y pensar fríamente. Lo razonable hubiese sido confrontarlo, obligarle a confesar qué demonios quería con él —al fin y al cabo, era mucho más alto y corpulento que aquel niñato—. Sin embargo, un pánico irracional le obligaba a seguir huyendo, huyendo como el muchacho debilucho y asustado de antaño.

 

Tropezó y casi perdió el equilibrio. Retomó el ritmo y siguió avanzando, pero las pisadas del otro sonaban ahora mucho más cercanas. La caída fallida había reducido la distancia que les separaba.

Mentalmente recorrió el tramo de descampado que le quedaba antes de volver a las calles de la ciudad. Era demasiado largo: le atraparía antes de llegar.

 

Sin pensárselo dos veces dio un giro brusco a la derecha y se adentró en un laberinto de trenes aparcados, zigzagueando a toda prisa entre vagones en busca de un lugar donde ocultarse.

Se detuvo entre dos trenes cortos. Trató de silenciar su respiración y prestar atención. Solo se escuchaba la noche: ningún sonido que pusiese en evidencia a su acechador. Quizás su reacción le había sorprendido y había terminado por desistir.

 

Permaneció inmóvil. Cerró los ojos intentando relajarse. Al cabo de un rato empezó a sentirse mejor. Dejó pasar algunos minutos más antes de volver a ponerse en marcha.

 

Empezó a caminar despacio, tratando de minimizar el ruido de cada paso sobre la gravilla, mientras decidía la dirección a tomar. Quizás sería mejor seguir las vías hasta la estación de tren…

 

Todo ocurrió de golpe, sin darle tiempo a descifrar los acontecimientos y dominar sus reacciones.

 

El niñato surgió de la nada. Alaridos de pavor y de rabia se mezclaron sin dueño en la noche. Entonces empezó un cuerpo a cuerpo cuya coreografía era dictada por el instinto de supervivencia.

 

Forcejearon hasta que el enorme cuchillo se clavó en el estómago de su contrincante. Retiró la hoja brillante, ahora cubierta de sangre, y volvió a hincarla en la carne una y otra vez, notando cómo el músculo ofrecía menor resistencia con cada embestida. Un sentimiento de euforia casi erótica se apoderó de su persona.

 

Entonces, una ráfaga de clarividencia atravesó su espíritu haciéndole temblar de terror. Durante unos instantes supo que había sido él el que había estado acechando a su víctima por aquel descampado, y no al revés. Supo que había sido él el que la había elegido desde la barra y el que había decidido que aquel niñato se uniría a su colección…

 

Miró los ojos agonizantes del muchacho y en su pavor reconoció la expresión que en un pasado había sido la suya propia.

 

Sus manos no pudieron seguir sujetando el cuchillo, que cayó al suelo en, lo que le pareció, un estruendo metálico.

 

Pero entonces su otro yo tomó las riendas de la situación, haciéndole desaparecer en los confines de su consciencia. Ya solo el otro existía.

 

Dejó de temblar. Todo estaba saliendo según lo previsto. Recogió el cuchillo que guardó donde lo había llevado. Se echó el cuerpo inerte del muchacho al hombro y lo cargó hasta la fábrica abandonada junto a las vías, la misma que había estado utilizando para aquellos menesteres. Conocía muy bien el terreno y no temía que alguien le viese. Cavó un agujero y lo enterró junto a los otros. Odiaba a los niñatos que se creían que todo les estaba permitido.

 

Después se lavó, se cambió y prendió fuego a la ropa que había llevado puesta. Volvió al motel y metió sus escasas pertenencias en el coche. Arrancó y se puso en marcha sin mirar a atrás. Nunca pasaba más de tres o cuatro meses en la misma ciudad. No era seguro.

 

Encendió la radio y sin prisa cogió la autopista del sur. Estaba totalmente relajado. La perspectiva de comenzar una nueva vida en otra ciudad siempre actuaba como un bálsamo para su alma.

 

Al cabo de un par de horas, volvió a ser él mismo: el hombre tranquilo que ignoraba lo que había ocurrido.

 

Un tanto confundido miró a su alrededor. Reconoció el vehículo que conducía. Un cartel de la autopista le indicó que la dirección a la que se dirigía coincidía con la que había decidido. Así que se encogió de hombros y siguió conduciendo. Había sufrido otra de sus ausencias. Tarde o temprano tendría que consultar a un médico.

 

Pero antes tendría que buscar un motel barato donde instalarse hasta que encontrase trabajo. Sabía que en un puerto de mar no le costaría nada…

 

FIN

 

#ameliadediosromero #relatoelotro 

 

 

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