Writing in progress

11.04.2018

 

Esta es la primera entrega de una nueve era. Aquí nace Writing en progress, el lugar donde voy a ir compartiendo mis escritos. Empiezo con la primera parte de El otro, mi primer y, hasta ahora, único relato. Lo escribí para un libro de relatos que publicó la AEN (Asociación de Escritores Noveles) para celebrar su décimo aniversario. Única consigna: relato de misterio. Ya me diréis si os gusta:

 

El otro, Amelia De Dios Romero, marzo 2016

 

(Primera parte) 

 

Eran las tres y media de la madrugada. Estaba rendido y tenía ganas de meterse en la cama. Mañana abandonaría aquella ciudad. Sabía que había llegado el momento aunque no quisiera. No tenía mucho que recoger, así que podría salir temprano. Todavía no había decidido exactamente dónde iría, pero tenía ganas de instalarse en un puerto de mar. Seguro que no le costaría encontrar trabajo…

 

Absorto en sus pensamientos optó por el mismo atajo que cogía a menudo. Debía llevar unos cien metros cuando el eco ligeramente desfasado de sus pasos le sacó de su ensimismamiento. Agudizó el oído e hizo una pausa casi imperceptible. No estaba solo.

 

Un miedo familiar que creía olvidado le erizó la nuca. A estas horas de la madrugada nadie en su sano juicio atravesaba aquel descampado junto a las vías del tren. Contuvo el deseo de mirar a todos lados para identificar el origen de aquellos otros pasos.

 

Trató de tranquilizarse diciéndose que no había por qué sacar las cosas de quicio. Seguro que se trataba de alguien paseando a su perro o haciendo footing. Mientras seguía caminando al mismo paso, agudizó de nuevo el oído tratando de detectar sonidos que apoyasen sus hipótesis. No se oía a ningún perro y el ritmo del otro caminante nocturno era casi idéntico al suyo.

 

—No cedas al miedo. —Cuatro palabras empezaron a repetirse en bucle en su cabeza.

 

La lógica le obligaba a seguir planteándose explicaciones plausibles. Debía tratarse de una coincidencia. Como él, alguien había decidido acortar distancias, optar por la línea recta en lugar de rodear aquel vasto terreno que la crisis económica había dejado baldío. Al fin y al cabo, él lo hacía cada vez que le tocaba cerrar La Cueva, el antro donde trabajaba.

 

La oscuridad de la noche empezó a hacérsele viscosa y opresiva. Tenía dificultades para respirar normalmente. Sintió que las palmas de las manos empezaban a sudarle. Para dominarse fijó la mirada en el halo de luz que, a pocos metros, le permitiría salir de la sombra.

 

Siguió caminando sin alterar el ritmo: no quería llamar la atención. No quería pasar por un loco asustadizo. Sabía demasiado bien lo que le ocurría a los que mostraban su miedo. Se les metía la cabeza en el váter; o se les bajaban los pantalones en medio del recreo; o se les obligaba a ponerse una camisa manchada con mierda de perro…

 

—No cedas al miedo, no cedas al miedo…

 

Aquella extraña letanía no pudo cambiar el rumbo de sus pensamientos. Durante años había conseguido mantener a raya sus recuerdos, almacenarlos en un compartimento inaccesible de su mente. Sin embargo, esta fatídica noche, las imágenes del pasado volvían a acechar su consciencia. Los abusos que había sufrido en el colegio y lo que le ocurría cada vez que volvía a casa mojado, sucio o con la ropa rasgada: los golpes, los insultos y crueles castigos a los que le sometía el alcohólico de su padre….

 

—¡Basta de estupideces! —gritó para sus adentros.

 

No podía perder el control de aquella manera. Era ridículo permitir que una simple coincidencia despertase sus pánicos. El colegio estaba muy lejos. Nadie había vuelto a ponerle la mano encima desde que su padre, borracho como una cuba, se desnucó al caer por las escaleras.

 

Vació su mente y siguió avanzando como si nada. Pero el sonido de aquellos otros pasos retumbaba en su cabeza, dando libre curso a una paranoia absurda e incontrolable.

 

¡Por el amor de Dios! ¿Qué le estaba ocurriendo? Ya no era el colegial delgaducho y enclenque que fue. Era un hombre hecho y derecho de un metro ochenta siete de estatura. Un hombre acostumbrado a lidiar con la fauna nocturna. ¿De qué demonios tenía miedo?

 

La luz de la farola sobre su cabeza pareció infundirle determinación. Se convenció de que, si miraba de frente al otro caminante nocturno, se tranquilizaría. Por un instante contempló la posibilidad de detenerse y plantarle cara sin disimulo. Pero una vez más se dijo que eso le haría parecer un loco cobarde.

 

Sería mejor mirarle sin que se diese cuenta. Volvió a adentrarse en la oscuridad sabiendo que esta cubriría sus gestos. Cuando consideró que el otro estaría pasando bajo la farola, lo miró a la cara.

 

Se le cortó la respiración al reconocer al individuo que desde hacía varias semanas frecuentaba La Cueva. Era un niñato engreído que solía sentarse en una de las mesas centrales y tontear con las camareras. Recordó que, en más de una ocasión, le había pillado observándole detrás de la barra, pero no le había hecho caso.

 

No podía tratarse de una pura coincidencia. No tenía sentido que estuviese atravesando aquel descampado al mismo tiempo que él. Pero entonces, ¿por qué le seguía?

 

Volvió a mirarlo, esta vez con menos disimulo. Lo que leyó en su rostro le heló la sangre: una expresión casi animal que ya había visto antes… Pero ¿dónde?... Quizás en la cara de sus agresores en el colegio...

 

 

 

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